El patrimonio vallisoletano ha sido
y aún es muy rico en el arte de la retablística desde el Renacimiento hasta el
Neoclasicismo, pasando por el Barroco y el rococó. A pesar de ello la
retablística vallisoletana ha sufrido numerosísimas pérdidas debido a diferentes
avatares históricos, como guerras, revoluciones, cambios de gusto, razones
económicas, etc. Por su parte, entre los retablos conservados se ha dado la
situación de los cambios de imágenes y devociones, apartándose o perdiéndose
las efigies con las que fueron concebidos originalmente. En las próximas líneas
nos hemos propuesto reconstituir una serie de retablos conservados en
diferentes templos de la capital, alguno de los cuales se conservan actualmente
en un ámbito desacralizado, caso de la iglesia del ex monasterio de Santa Cruz
de las Comendadoras de Santiago, hoy en día sala de exposiciones de Las
Francesas.
Nuestro propósito es el de
reconstruir virtualmente una serie de retablos, volviendo a unir sus
arquitecturas con las imágenes que los compusieron. El recorrido que vamos a
emprender consta de cinco hitos: las iglesias de San Andrés Apóstol, de San
Miguel y San Julián, del Santísimo Salvador, la penitencial de la Santa Vera
Cruz, y de una sala de exposiciones que antaño fuera el opulento monasterio de
la Santa Cruz de las Comendadoras de Santiago.
Este texto fue publicado en un artículo en el nº 11 de la revista Read & Made (2023).
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1- Iglesia de San Andrés Apóstol
Retablo mayor de la capilla de las
Maldonadas (Melchor de Beya y Francisco Alonso de los Ríos, 1631)
El primero de los retablos que vamos
a abordar es el mayor de la capilla de Nuestra Señora de los Ángeles [Fig. 1], también conocida como de las
Maldonadas por ser sus fundadoras las hermanas Isabel y doña Catalina Enríquez
Maldonado, las cuales no escatimaron recursos para erigirla y amueblarla con
retablos, esculturas, pinturas y bultos orantes con sus retratos y los de otros
dos familiares. Del retablo mayor se ocupó Melchor de Beya (ca. 1567-1640),
célebre ensamblador que formó parte del círculo laboral de Gregorio Fernández
(1576-1636), el escultor Francisco Alonso de los Ríos (ca. 1585-1660) y el
pintor Diego Valentín Díaz (1586-1660), tres de los mejores artífices que por
entonces trabajaban en la ciudad. Así, el 12 de abril de 1631 los patronos de las
memorias de las hermanas Maldonado se concertaron con Melchor de Beya para que
construyera el retablo mayor y los colaterales, los cuales se concibieron en
armonía con la arquitectura de la capilla. Ese mismo día también contrataron
con Francisco Alonso de los Ríos la ejecución de las esculturas que debían de
ornar el retablo, que debían esculpirse en madera de Cuéllar «escogida y seca a satisfacción del dicho
Melchor de Beya y huecas por dentro». Desconocemos el nombre del dorador y
policromador, aunque a buen seguro sería el pintor Pedro Fuertes (a. 1605-d.
1604) dado que figura como fiador en el contrato.

El retablo presenta una traza
clasicista basada en un banco, un único cuerpo con tres calles y ático rematado
en frontón triangular. Tanto el cuerpo como el ático se estructuran a través de
columnas compuestas con el fuste estriado. La separación entre ambos espacios
se realiza por medio de un entablamento que lleva pintado un friso con
decoraciones vegetales. En los extremos del ático se sitúan pedestales que
sostienen las típicas bolas herrerianas, tan en boga durante el clasicismo. El
retablo combina a la perfección la escultura y la pintura. Así, en el banco
encontramos cuatro pinturas a cada lado de la custodia, la cual no deja de ser
una micro arquitectura presidida por la efigie en relieve de la Fe en la puerta del sagrario, y dos
imágenes de San Pedro y San Pablo que la flanquean. Las pinturas
que caen justo debajo de las columnas representan a San Antonio de Padua, Santo
Domingo de Guzmán, San Jerónimo y
San Antonio Abad, por su parte las
dos grandes pinturas de los netos efigian la Anunciación y la Adoración de
los Reyes Magos, finalmente las adyacentes al sagrario son la Circuncisión y el Nacimiento. Como vemos, todas estas imágenes hacen referencia al
ciclo de la infancia de Cristo, tema al que también alude la «pala de altar»
que preside el retablo: Nuestra Señora de
los Ángeles, obra debida a los pinceles de Diego Valentín Díaz. Flanquean
la pintura dos efigies de San Juan
Bautista y San Esteban, cuya
presencia en el retablo se explica por cuanto dos de los patronos de las
memorias de las Maldonadas se llamaban fray Juan de Torreblanca, prior del
monasterio de San Pablo, y don Esteban Sarmiento Maldonado. Ambos santos
aparecen con sus atributos más célebres: el precursor con un libro sobre el que
asienta el Agnus Dei, mientras que el
protomártir exhibe la palma del martirio y sujeta un libro sobre el que irían
las piedras de su martirio. Finalmente, en el ático se dispuso un Calvario y a los lados Santa Isabel de Hungría y Santa Catalina de Alejandría, santas
patronas de las Maldonadas (Isabel y Catalina Enríquez Maldonado).
Desconocemos el momento en el que se
retiró el Calvario, que recaló en la
capilla del Seminario Mayor Diocesano, inaugurado en 1965. Para sustituirlo se
trajo un Crucifijo de Pedro de la
Cuadra (ca. 1572-1629) de la iglesia parroquial de La Cistérniga (Valladolid).
En la reconstrucción virtual hemos procedido a sustituir el crucifijo por
el calvario
original, con el cual el retablo recupera todo el empaque con el que fue
concebido y que con la solitaria presencia del crucificado quedaba desvirtuado.
Retablo de San Severo (anónimo
vallisoletano, ca. 1747)
Señala José Colón de Larreátegui en
su Informe sobre los gremios de
Valladolid (1781) que la Cofradía de San Severo «se erigió en 1647, y se aprobó en dicho año por el provisor, los
cofrades, son de la parroquia». Por entonces la hermandad debió de encargar
una escultura del santo a la que dar culto, disponiéndola en un humilde altar,
tal y como se desprende de la visita parroquial efectuada el 13 de septiembre
de 1699: «Altar de San Severo. Ítem
visitó su merced el altar de San Severo y asimismo se halló con su ara, sábana
y frontal con decencia».
El origen del retablo [Fig. 2] lo encontramos en un memorial
presentado a la junta de fábrica de la parroquia celebrada el 26 de diciembre
de 1746. En él se señala que «la Cofradía
de San Severo por memoria que presentó a la dicha fábrica, como tenía determinado
hacer un retablo decente a su patrono San Severo y el sitio que pareciese más
conveniente; a cuyo memorial y representación se respondió por todos que se les
concedía el mismo sitio y lugar para erigir el nuevo retablo en que está el
antiguo que es al salir de la sacristía sobre mano derecha, en el frontis de la
capilla que llaman de las Maldonadas». El retablo se construiría por
entonces, y también se renovaría la efigie del santo, desconociéndose que se
haría con la primitiva. Una vez acabado, se doraría a lo largo de 1758, al
mismo tiempo que el retablo mayor del templo, cuyo dorado lo ejecutó Gabriel
Fernández de Tobar (a. 1716-1795) entre el 2 de mayo y el 6 de septiembre.
Quizás este maestro fuera también el artífice del dorado del retablo de San
Severo, que se realizó «a expensas de
Isidro Amaya y su mujer». El 8 de septiembre, según relata Ventura Pérez en
su Diario de Valladolid, se celebró
una procesión con motivo de la colocación del Santísimo Sacramento en el
retablo mayor de San Andrés, «nuevamente
dorado». En dicha procesión participaron «todas las cofradías de la parroquia, con muy lucidos claros; asistió
la cofradía de la Santa Veracruz con un claro de cien hombres, con sus hachas;
se la dio el sitio delante de la sacramental, las demás cofradías por sus
antigüedades: llevaron en la procesión a San Andrés, el mismo que se colocó en
el retablo, a Nuestra Señora de las Nieves y San Severo, que también a un mismo
tiempo doraron su retablo y le sirvió de colocación».
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El retablo, actualmente bajo la
advocación de la Virgen del Carmen,
es un estimable ejemplar protorrococó que destaca por el movimiento de su
planta con las calles laterales dispuestas de forma oblicua. El retablo consta
de un estrecho banco, un cuerpo con tres calles y otras tantas hornacinas,
separadas por columnas compuestas con el fuste estriado y decorado por rocallas
y otros elementos, que acogen, de izquierda a derecha, a San Blas (anónimo vallisoletano, ca. 1640), la Virgen del Carmen (anónimo, ca. 1900) y San Sebastián (atribuido a Alejo de Vahía, ca. 1500), y un ático
compuesto por un gran cuerpo central con dos columnas compuestas que sujetan un
entablamento partido. Dicho cuerpo, flanqueado por dos volutas sobre las que
montan sendos ángeles, está presidido por una efigie de San Isidro (anónimo vallisoletano, ca. 1725) que viene a recordar
que la cofradía vallisoletana homónima se fundó en esta parroquia. Por Casimiro
González García-Valladolid sabemos que, a comienzos del siglo XX, el retablo
presentaba «las efigies de Nuestra Señora
del Carmen, San Blas Obispo, San Francisco Javier y San Isidro Labrador, todas
de talla». Desconocemos tanto al autor del retablo como al de la escultura
de San Severo, que bien pudieron ser
la misma persona y que esta hubiera sido Pedro Correas (1689-1752) o algún
maestro de su entorno.
Asimismo, ignoramos el momento en el
que fue retirado San Severo de su
retablo. Quizás acaeciera cuando en la parroquia se estableció, hacia 1861, la
devoción a la Virgen del Carmen, que es quien actualmente preside el retablo.
Sea como fuere, San Severo se mantuvo
desplazado en dependencias parroquiales hasta que se fundó en el barrio de las
Delicias la iglesia de Santo Toribio de Mogrovejo, momento en el que la
escultura fue trasladada allí y reconvertida en el citado santo mayorgano.
Retablo del Cristo del Consuelo
(anónimo vallisoletano, ca. 1772-1776)
Señala el libro de becerro antiguo
que la parroquia se «fundó en su
principio en ermita, por los años de 1236 y entonces colocaron en una pequeña
capilla un Cristo Crucificado con el título del Consuelo, a quien todos los
vecinos de esta Ciudad (en aquel tiempo Villa) devotamente se encomendaban a su
patrocinio por sus continuas maravillas». Este primitivo Cristo del Consuelo debía de encontrarse
muy deteriorado ya que, a finales del siglo XV, la parroquia decidió renovarlo,
siendo el que actualmente se conserva. Quizás esta renovación se llevó a cabo
en 1482 con motivo de la conversión de la ermita en parroquia «ya era muy numeroso el vecindario de sus
nobles feligreses, y honrados labradores, y resolvieron condecorarla con el
título de parroquia, y lo consiguieron del Ilustrísimo obispo de Palencia».
Tiempo después, y según da a conocer Colón de Larreátegui en su Informe sobre los gremios de Valladolid (1781),
se fundó la Cofradía del Santísimo Cristo del Consuelo: «se erigió en 1624, y se aprobó su regla por el visitador eclesiástico
en 14 de diciembre de 1652».
Antes de tener capilla propia ocupó
un simple altar, tal y como se desprende de la visita parroquial efectuada el
13 de septiembre de 1699: «Altar del
Santo Cristo del Consuelo. Ítem el altar del Santo Cristo del Consuelo que
también halló su merced con ara, sábana y frontal con decencia». Cinco
lustros después se le dispuso en un retablo, según relata Ventura Pérez: «Año de 1749, día 26 de mayo, colocaron al
Santísimo Cristo del Consuelo en San Andrés, en el retablo nuevo y dorado: hubo
procesión por la parroquia, que fue por la Mantería, calle de Zurradores y por
la calle frente de la Cruz de piedra de los Panaderos a casa: salieron todas
las cofradías de la parroquia». En ninguno de ambos casos se llega a
detallar su localización dentro del templo, que por entonces poseía unas
dimensiones mucho más reducidas.

Entre los años 1772 y 1776 fray
Manuel de la Vega y Calvo, hijo de pila de la parroquia y por entonces
comisario general de Indias de la orden franciscana, realizó numerosos
obsequios a la iglesia, entre ellos la construcción de los últimos dos tramos
del templo, así como el amueblamiento de las cuatro nuevas capillas que se
abrieron. La segunda del lado del evangelio se dedicó al Santísimo Cristo del
Consuelo, y allí acertó a verle Floranes: «el
Santísimo Cristo del Consuelo que estaba ya en esta iglesia cuando era ermita y
entierro de ajusticiados, efigie antigua; y encima Santo Domingo de Guzmán, y a
los lados en los rincones el del Evangelio San Francisco Javier y en el otro
Santa Teresa de Jesús». El retablo [Fig.
3] fue realizado en un momento de transición entre el rococó, presente en
detalles como las rocallas o el ligero movimiento de la planta, y el
Neoclasicismo, con la recuperación de los elementos arquitectónicos clásicos y
la casi total desornamentación. La calle central está dominada por una gran
hornacina que acogería al Cristo del
Consuelo, sustentada por dos columnas clásicas, mientras que en los
extremos de las entrecalles el anónimo ensamblador ha utilizado pilastras
cajeadas. El ático, al que se accede a través de un entablamento muy sencillo y
desornamentado, se compone de un gran cuerpo central con una hornacina en la
que apea Santo Domingo, y rematado
por un frontón curvo partido en cuya parte central exhibe el emblema franciscano de los brazos cruzados de
Cristo y san Francisco sobre una cruz. A los lados del ático, para cerrar la
composición, se ha dispuesto un frontón triangular partido.
Ignoramos en qué momento fue
desplazado de su retablo el Cristo del
Consuelo por el fantástico Calvario
(1606) de Gregorio Fernández que actualmente lo ocupa y que procede del
desaparecido retablo mayor de la primitiva iglesia de San Miguel Arcángel.
Nuestro crucificado pasó a ocupar un sencillo retablo de piedra en la aneja
capilla de San Antonio de Padua, cambio que también afectó a su advocación que
pasó a ser la de Cristo del Refugio.
Esta es nuestra hipótesis puesto que en los libros parroquiales no se habla de
la capilla del Refugio hasta 1794. Teniendo en cuenta este hecho, el de que el Calvario de la iglesia de San Miguel
llegaría probablemente tras el cierre de aquella parroquia en 1775, y de que en
el templo solo existió desde sus orígenes un único Cristo —amén del que formaba
parte del Calvario del retablo de las
Maldonadas—, podemos colegir que el Cristo que nos ocupa es el del Consuelo y,
quizás, el del Refugio fuera el que preside el Calvario de Fernández. Como se puede observar en la reconstrucción
virtual, se ha procedido a restituir al Cristo
del Consuelo a su retablo original, tal y como lo concibió fray Manuel de
la Vega.
2- Real Iglesia de San Miguel y San Julián
Retablo de Nuestra Señora del
Rosario (Juan Saco, 1744-1745; y Juan Obispo, 1762-1763)
El retablo que la Cofradía de
Nuestra Señora del Rosario [Fig. 4]
de la iglesia de San Miguel construyó en el primitivo templo resulta ser el
conservado en el lado de la epístola del crucero de la actual parroquia de San
Miguel y San Julián. En origen, la cofradía dispuso su retablo en la pared del
lado del evangelio de la primitiva iglesia, lugar que ocupó muy poco tiempo
puesto que, en 1775, se trasladó al nuevo templo parroquial. La pista clave
para su identificación ha sido un grabado anónimo del mismo realizado en 1809.
La historia constructiva del retablo
(1744-1763) comienza el 23 de agosto de 1744 cuando la Hermandad de Nuestra
Señora del Rosario encarga su ejecución al ensamblador Juan Saco (1719-1781),
que debía realizarlo según la planta, traza y condiciones diseñadas por el
escultor y tallista Pedro Bahamonde (1707-1748). Asentado en el mes de febrero
de 1745, su dorado no se efectuó hasta 1751 por el pintor y dorador Mateo
Prieto (1722-1772). Ignoramos si el retablo tuvo
algún percance o si simplemente no agradó su aspecto, pero el caso es que, el
18 de abril de 1762, la hermandad se concertó con el ensamblador Juan
Obispo (1709-d. 1762) para «la obra de
ensanche y compostura del retablo de Nuestra Señora del Rosario [...], y la
hechura y asiento de una mesa de altar a la romana». Obispo, que debía
ajustarse a la traza diseñada por Antonio Bahamonde (1731-1783), tenía que
tenerlo acabado para finales de julio. Unos
meses después se procedió al dorado definitivo del retablo. Así, el 18 de marzo
de 1763 el pintor y dorador Manuel de Urosa (1720-d. 1780) se comprometió a
efectuar «la obra del dorado, que se ha
de hacer de todo lo añadido y saltones, que tenga el retablo de Nuestra Señora
del Rosario».

El resultado fue un
retablo rococó de traza muy movida tanto en planta como en alzado, de suerte
que la planta marca un juego de curvas y contracurvas. El retablo se estructura
en un banco, un cuerpo con una calle y dos entrecalles, y un ático muy
desarrollado. El cuerpo se articula por medio de cuatro columnas compuestas y
con el fuste estriado y decorado con elementos vegetales estilizados. Las
columnas centrales, así como los trozos de entablamento que apean sobre ellas y
sus ménsulas, están colocadas en esviaje, proporcionando un juego de curva y
contra curva que da al retablo un aspecto alabeado. La hornacina central queda
enmarcada por otras dos columnas idénticas, aunque de menor tamaño, que a su
vez sujetan un arco apuntado que se incrusta en el ático. Abajo, dos ángeles en
ademán de haber portado algún atributo. Por su parte, las hornacinas laterales
tienen escasa profundidad, siendo apenas unos simples marcos compuestos a
partir de dos sencillas pilastras que sujetan un arco de medio punto con
decoraciones mixtilíneas y vegetales. Finalmente, el ático se compone de un
gran cuerpo central flanqueado por sendas volutas que permiten salvar la
anchura entre el cuerpo principal del retablo y el ático. En el centro figura
una hornacina con la parte superior avenerada, y encima de ésta un frontón
curvo partido, en cuyos extremos campean ángeles con las palmas del martirio.
En la parte central remata en una airosa peineta de caprichosas formas
vegetales que contiene un anagrama de la Virgen: «A.M.». Toda la superficie está decorada
con festones de frutas, ornamentaciones vegetales y geométricas, y pseudo
rocallas.
Originariamente el
retablo lo presidió una Virgen del
Rosario (atribuida
a José de Rozas, ca. 1700) de vestir y de bastidor,
actualmente conservada en el relicario y a la cual restituimos a su lugar
primigenio en la reconstrucción virtual. Tan solo tiene talladas la cabeza y
las manos. Se encuentra muy dañada, tal es así que le falta un ojo, exhibe
numerosas rozaduras en el rostro y está manca del brazo izquierdo. Gracias al
grabado sabemos que, en su mano izquierda, sujetaba a un Niño Jesús que
bendecía y agarraba un orbe terráqueo. Es probable que este Niño (35x16 cm.)
sea el que se conserva también en el
relicario. Sin embargo no se trataría del original sino que, vistas sus
características estilísticas, sería uno nuevo realizado durante la época en que
se construyó el retablo. Completan el conjunto las esculturas de Santo Domingo y San Pedro Regalado en las hornacinas laterales, y de San Miguel venciendo al demonio en el
ático, todas ellas atribuibles a Pedro Correas.
Desconocemos el momento
en el que se desplazó a la Virgen del
Rosario de su retablo. Cuando se redactó el Catálogo Monumental de Valladolid su lugar lo ocupaba una Inmaculada Concepción, y con
posterioridad llegó la Virgen del
Desconsuelo (Ángel Trapote, 1979), imagen que, tras diversos avatares, fue
cedida a la parroquia por la hija del escultor.
3- Iglesia del Santísimo Salvador
Retablo de San Francisco de Paula
(Anónimo, 1792)
La capilla hornacina del segundo
tramo del muro del evangelio cobija un retablo neoclásico [Fig. 5] que en origen acogió a San
Francisco de Paula y que en la actualidad hace lo propio con la Virgen del Buen Suceso (anónimo
vallisoletano, ca. 1649). La efigie de San
Francisco de Paula preside desde un momento que no podemos concretar —en
1838 aún seguía en su retablo— el retablo colateral de la epístola.
Anteriormente a este ejemplar neoclásico existió otro barroco erigido en 1715,
año en el que también fue labrado el San
Francisco de Paula (atribuido a Pedro de Ávila, 1715). Dicha fecha figuraba
escrita en una de las seis tarjetas que Floranes llegó a observar en esta
capilla, llamada de San Francisco de Paula y Nuestra Señora de la Valvanera
—por entonces no se había construido la capilla de la Valvanera y el citado
altar poseía esa doble advocación—. Ese retablo, al igual que las seis
tarjetas, desaparecerían tras el remozamiento de la capilla en época
neoclásica, momento en el que se dispusieron dos lápidas a los lados. La de la
izquierda reza así: «Jesús, María, y
José. Año de 1792. Reinando en España por el año de 1504 los Reyes Católicos
Don Fernando y Doña Isabel; se erigió la Cofradía de Ánimas, y San Ildefonso
sita en esta parroquia de El Salvador dueña de esta capilla y retablo de San
Francisco de Paula y de dos sepulturas para los cofrades y sus mujeres». El
año 1792 es una fecha que concuerda a la perfección con el estilo del retablo,
por lo que es plausible que el remozamiento de la capilla realizado en dicho
año trajera consigo la fabricación del retablo. Se trata de un mueble muy
sencillo compuesto por una hornacina de remate semicircular flanqueada por
pares de columnas corintias, las extremas retranqueadas, que sostienen un
entablamento clásico que remata en un ático triangular decorado con tres
jarrones. A pesar de estar labrado en madera está policromado, según la
doctrina neoclásica de imitar materiales nobles como mármoles y bronces.

CONTINUARÁ...
BIBLIOGRAFÍA
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